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8/14/2008 Entrevista al filósofo Michael Onfray (fragmento)Comentarios introductorios por Ferney Rodríguez Entrevista de Luisa Corradini Diferentes caminos han llevado a cientos de hombres y mujeres inteligentes por la opción no-religiosa. Grandes personajes fueron agnósticos como Thomas Henry Huxley, Charles Darwin, y Stephen Jay Gould, o Ateos como Richard Dawkins, Carl Sagan, Steven Pinker. Un estudio llevado a cabo por Larson y Whitam en 1998 reveló que el 93% de los científicos más eminentes de los EEUU no creían en un Dios personal, y este resultado es muy similar en los científicos del Reino Unido, según otra investigación. A pesar de lo anterior en la mente de la mayoría de las gentes el adjetivo de ateo es relacionado negativamente. Tras la publicación en 2007 de un artículo en el diario colombiano El Tiempo sobre la comunidad no creyente de Colombia (agrupada principalmente en el foro de Escépticos Colombia), se preguntó a los religiosos su opinión sobre este sector de la sociedad, a lo cual respondieron que "ellos mantenían ideas ya superadas en el siglo pasado". Pero a pesar que los ateos son una minoría y que reciben el descrédito y el ataque de los bien financiados líderes religiosos, los ateos no son una especie social extinta. Cabe notar que la mayoría de los Premios Nobel de ciencia son ateos, al igual que la mayoría de la élite intelectual del mundo. Uno de estos intelectuales es el filósofo francés Michel Onfray. Entrevistando al autor del Tratado de teología El filósofo Michel Onfray empezó su vida de forma difícil. Nació en un hogar muy pobre, y a los diez años fué abandonado por su madre en un orfanato. A los 28 años sufrió un infarto, y más tarde dos derrames cerebrales. Onfray vive de forma sencilla y alegre. Tiene bloqueada su cuenta, para recibir solo lo que recibiría de jubilación un obrero agrícola. Ve que la vida debe llevarse de manera que pesé más el ser que el tener. Para Michel Onfray las religiones son únicamente instrumentos de dominación y de alienación. Afirma que los tres monoteísmos profesan el mismo odio a las mujeres, a la sexualidad y que detestan la libertad. Actualmente trabaja en la Universidad de Caen, Francia y es autor de 35 libros, de los cuales "Tratado de ateología" es uno de los más conocidos por el público hispano. A continuación se presenta un fragmento de la entrevista hecha por Luisa Corradini en Paris el 2007 para el diario argentino "La Nación". Usted afirma que no fue el orfanato lo que lo convenció de que Dios no existe porque a los diez años ya lo sabía. Sin embargo, suele decir también que los adultos que creen en Dios se equivocan. ¿Qué tenía usted a los diez años que un adulto -incluso analfabeto- no tenga a los cuarenta? ¿No es un poco pretencioso de su parte? No veo por qué debería ser pretencioso o qué es lo que yo tendría de más. Yo no hablo en esos términos. Son los suyos y es su propio juicio de valor. Para ser claro: creí en Dios mientras creía en el Papá Noel. A partir de cierta edad, todo eso me pareció irracional, sin sentido. Eso no quiere decir que fuera un superhombre o un genio precoz. Probablemente solo se trate de temperamento, de carácter inadaptado a las fábulas. Usted escribe "los monoteísmos detestan la inteligencia". Pero entonces, ¿qué hacer con todos los genios de Occidente que practicaron alguna de las tres religiones del Libro? Yo hablo de "monoteísmos" y no de "monoteístas". El monoteísmo es una ideología que, en sus principios, detesta que la gente piense o reflexione y prefiere que obedezca y que se someta a la Ley, a la palabra de Dios y a sus Mandamientos. Que hay monoteístas inteligentes, no esperé su pregunta para saberlo. Y tampoco he dudado de la inteligencia de ciertos monoteístas cuando son inteligentes. Dejemos a un lado la Iglesia como institución e incluso la Biblia. ¿Cómo sabe usted que, en verdad, Dios no existe? Podría perfectamente existir. ¿Cómo saberlo? ¿No cree que aceptar la duda sería una actitud más filosófica? La duda no es filosófica, es metodológica y prepara el terreno a la solución filosófica. En otras palabras, se duda un momento en un movimiento que debe concluir en una certeza. Descartes solo utilizó la duda de esa forma. Conformarse con la duda es detenerse a mitad de camino. Además, la duda es una deshonestidad intelectual. Aquellos que reivindican la duda no tienen problemas en reivindicar la certeza de esa duda. La coherencia del escéptico debería llevarlo hasta a dejar de hablar. Un filósofo tiene la obligación de hacer llegar su pensamiento a algún lado. En todo caso, aquellos que afirman algo (por ejemplo, la existencia de Dios) son quienes deben demostrarlo. De lo contrario, bastaría con afirmar cualquier cosa (que los unicornios existen, por ejemplo), pedir a su interlocutor que pruebe que lo que uno dice es una necedad y, frente a su incapacidad para demostrarlo, concluir que lo que se está diciendo es verdad. De esa forma se podría afirmar que las mesas giran solas, que los platos voladores existen, que los horóscopos dicen la verdad. Usted critica a "los hombres que se embriagan de ilusiones". ¿Está mal? ¿Y si eso les permite ser menos infelices? Usted escribe: "El camino de la verdad filosófica es largo y difícil". Pero hay muchísima gente que nunca tendrá la posibilidad de hacer ese camino. ¿Por qué negarles su propia forma de consuelo a aquellos que creen en algo superior? Prefiero una verdad que duele a una mentira que calma. Pero cada uno puede preferir el opio de la ilusión a la realidad. Yo le reprocho a la ilusión enemistarnos con la única certeza que tenemos: la vida es aquí, aquí y ahora. Las religiones nos invitan a vivir en la expiación, con el pretexto de que vivir como si uno estuviera muerto aquí nos abrirá la vida eterna una vez muertos. Yo consagro gran parte de mi tiempo -sobre todo cuando creo universidades populares abiertas a todos-, a ofrecer una alternativa filosófica a la propuesta religiosa. Creo que es necesario popularizar la filosofía para reconciliar al hombre consigo mismo, con su cuerpo, su vida, los otros y el mundo, sin que tenga que pasar por todas esas ficciones religiosas. Cuando un creyente piensa en el universo, imagina una suerte de más allá, donde pone a todos sus seres queridos, sus divinidades y sus ilusiones. Esa dimensión debe de ser imposible de borrar una vez adquirida. ¿Qué hay en la imaginación de un ateo total? Un mundo exactamente igual de vasto. ¡Qué extraña idea tiene usted del ateo! ¿Lo cree incapaz de imaginación? ¿De vida espiritual? ¡Es curioso que piense en el ateo como una especie de idiota de cerebro limitado, con escasas posibilidades estéticas, emocionales, afectivas y espirituales! En todo caso, tengo la impresión de que la desaparición de lo sagrado no es inminente. ¿Cree usted en una humanidad sin religión? Siempre habrá religiones, porque las religiones viven de la angustia y del miedo de los hombres, y porque estamos lejos de haber terminado con los temores existenciales. El ateo está condenado a militar por una causa perdida. Pero poco importa que esté perdida, si es una causa justa. Lo irracional, lo irrazonable, la ilusión, las ficciones disponen de un futuro grandioso, pues el mundo liberal que se prepara en nuestro planeta odia la cultura, que hace retroceder a los mitos, entre ellos, la religión. Usted escribe: "La autoridad me resulta insoportable; la dependencia, invivible. Las órdenes, invitaciones, pedidos, propuestas, consejos me paralizan". ¿Cómo hace para organizar su relación con los demás, sobre todo con sus allegados? Desde los 17 años, (cuando dejé mi familia para vivir sin ayuda alguna) construí mi vida a fin de tener que obedecer -¡y mandar!- lo menos posible. No me pida detalles porque tendríamos que consagrar la entrevista a esta cuestión. Digamos que es necesario evitar el matrimonio y los hijos, los honores, la riqueza y las situaciones de poder. Soy soltero, sin hijos, me importan un bledo las condecoraciones, los puestos honoríficos en instituciones universitarias. Vivo muy bien con o sin dinero, porque el dinero nunca fue una obsesión en mi vida, no soy representante de esto ni de aquello. Trato de no deberle nada a nadie. Vivo de mi pluma, y mis lectores, comprando mis libros, hacen posible esta situación social magnífica, casi una vida de rey. Usted se declara a favor de un hedonismo del ser y no del tener. ¿Me puede explicar? Es muy difícil en dos palabras. Digamos que todas las cosas que tienen que ver con la posesión (dinero, situación social, riquezas, propiedades, bienes habituales de la sociedad de consumo) no son un fin en sí mismas. Por el contrario, lo que depende del ser (libertad, amistad, amor, afección, dulzura, serenidad, paz consigo mismo, los otros y el mundo) constituye el ideal de sabiduría hacia el que hay que tender. Disfrutar de una cosa no presenta demasiado interés, disfrutar de un momento de sabiduría es uno de los grandes instantes de la vida. ¿Y cuál es la diferencia entre ese hedonismo y el estoicismo? La oposición entre ambas escuelas suele ser una cuestión de universitarios. Hay que leer las Cartas a Lucilio de Séneca, el estoico. Allí hay cantidad de argumentos epicúreos. En mi libro Contra-historia de la filosofía explico cómo esta oposición entre dos sensibilidades filosóficas fueron instrumentalizadas por Cicerón con fines políticos: era necesario desacreditar a los candidatos epicúreos al Senado, y Cicerón, el estoico, los estigmatizó como voluptuosos e incapaces de ocuparse de la cosa pública. Después, el cristianismo se apoderó de esos argumentos que perduran hasta hoy. Usted es un filósofo decididamente orientado hacia la modernidad. ¿Qué lugar reserva en su reflexión al psicoanálisis y a las neurociencias? ¿No cree que esta última esté terminando con Freud? Tengo el proyecto de escribir un libro sobre el psicoanálisis que evitará dar poderes absolutos tanto a Freud como a las neurociencias. Rehabilitaré el psicoanálisis como un chamanismo posmoderno, precisando que el cuerpo no es una cuestión de inconsciente psíquico, sino de inconsciente neurovegetativo. ¿Está usted satisfecho de su vida? Quizás sea ridículo preguntarle a un filósofo si es feliz, pero… ¡Pero yo soy absolutamente feliz! De lo contrario dejaría de escribir lo que escribo, de enseñar lo que enseño y de dar las conferencias que doy por el mundo. A menos que fuese un estafador. Y yo sé que en filosofía también existen los estafadores. Fuente: Sin Dioses 8/7/2008 De balística Juan José Arreola
Ne saxa ex catapultis latericium discuterent. Catapultae turribus impositae et quoe Esas que allí se ven, vagas cicatrices entre los campos de labor, son las ruinas del campamento de Nobílior. Más allá se alzan los emplazamientos militares de Castillejo, de Renieblas y de Peña Redonda. De la remota ciudad sólo ha quedado una colina cargada de silencio... -¡Por favor! No olvide usted que yo he venido desde Minnesota. Déjese ya de frases y dígame qué, cómo y a cuál distancia disparaban las balistas. -Pide usted un imposible. -Pero usted es reconocido como una autoridad universal en antiguas máquinas de guerra. Mi profesor Burns, de Minnesota, no vaciló en darme su nombre y su dirección como un norte seguro. -Dé usted al profesor, a quien estimo mucho por carta, las gracias de mi parte y un sincero pésame por su optimismo. A propósito, ¿qué ha pasado con sus experimentos en materia de balística romana? -Un completo fracaso. Ante un público numeroso, el profesor Burns prometió volarse la barda del estadio de Minnesota y le falló el jonrón. Es la quinta vez que le hacen quedar mal sus catapultas, y se halla bastante decaído. Espera que yo le lleve algunos datos que lo pongan en el buen camino, pero usted... -Dígale que no se desanime. El malogrado Ottokar von Soden consumió los mejores años de su vida frente al rompecabezas de una ctesibia machina que funcionaba a base de aire comprimido. Y Gatteloni, que sabía más que el profesor Burns, y probablemente que yo, fracasó en 1915 con una máquina estupenda, basada en las descripciones de Ammiano Marcelino. Unos cuatro siglos antes, otro mecánico florentino, llamado Leonardo de Vinci, perdió el tiempo construyendo unas ballestas enormes, según las extraviadas indicaciones del célebre amateur Marco Vitruvio Polión. -Me extraña y ofende, en cuanto devoto de la mecánica, el lenguaje que usted emplea para referirse a Vitruvio, uno de los genios primordiales de nuestra ciencia. -Ignoro la opinión que usted y su profesor Burns tengan de este hombre nocivo. Para mí, Vitruvio es un simple aficionado. Lea usted por favor sus libri decem con algún detenimiento: a cada paso se dará cuenta de que Vitruvio está hablando de cosas que no entiende. Lo que hace es transmitirnos valiosísimos textos griegos que van de Eneas el Táctico a Herén de Alejandría, sin orden ni concierto. -Es la primera vez que oigo tal desacato. ¿En quién puede uno entonces depositar sus esperanzas? ¿Acaso en Sexto Julio Frontino? -Lea usted su Stratagematon con la mayor cautela. A primera vista se tiene la impresión de haber dado en el clavo. Pero el desencanto no tarda en abrirse paso a través de sus intransitables descripciones y errores. Frontino sabía mucho de acueductos, atarjeas y cloacas, pero en materia de balística es incapaz de calcular una parábola sencilla. -No olvide usted, por favor, que a mi regreso debo preparar una tesis doctoral de doscientas cuartillas sobre balística romana, y redactar algunas conferencias. Yo no quiero sufrir una vergüenza como la de mi maestro en el estadio de Minnesota. Cíteme usted, por favor, algunas autoridades antiguas sobre el tema. El profesor Burns ha llenado mi mente de confusión con sus relatos, llenos de repeticiones y de salidas por la tangente. -Permítame felicitar desde aquí al profesor Burns por su gran fidelidad. Veo que no ha hecho otra cosa sino transmitir a usted la visión caótica que de la balística antigua nos dan hombres como Marcelino, Arriano, Diodoro, Josefo, Polibio, Vegecio y Procopio. Le voy a hablar claro. No poseemos ni un dibujo contemporáneo, ni un solo dato concreto. Las pseudobalistas de Justo Lipsio y de Andrea Palladio son puras invenciones sobre papel, carentes en absoluto de realidad. -Entonces, ¿qué hacer? Piense usted, se lo ruego, en las doscientas cuartillas de mi tesis. En las dos mil palabras de cada conferencia en Minnesota. -Le voy a contar una anécdota que lo pondrá en vías de comprensión. -Empiece usted. -Se refiere a la toma de Segida. Usted recuerda naturalmente que esta ciudad fue ocupada por el cónsul Nobílior en 153. -¿Antes de Cristo? -Me parece innecesario, más bien dicho, me parecía innecesario hacer a usted semejantes precisiones. -Usted perdone. -Bueno. Nobílior tomó Segida en 153. Lo que usted ignora con toda seguridad es que la pérdida de la ciudad, punto clave en la marcha sobre Numancia, se debió a una balista. -¡Qué respiro! Una balista eficaz. -Permítame. Sólo en sentido figurado. -Concluya usted su anécdota. Estoy seguro de que volveré a Minnesota sin poder decir nada positivo. -El cónsul Nobílior, que era un hombre espectacular, quiso abrir el ataque con un gran disparo de catapulta... -Dispénseme, pero estamos hablando de balistas... -Y usted, y su famoso profesor de Minnesota, ¿pueden decirme acaso cuál es la diferencia que hay entre una balista y una catapulta? ¿Y entre una fundíbula, una doríbola y una palintona? En materia de máquinas antiguas, ya lo ha dicho don José Almirante, ni la ortografía es fija ni la explicación satisfactoria. Aquí tiene usted estos títulos para un mismo aparato: petróbola, litóbola, pedrera o petraria. Y también puede llamar usted onagro, monancona, políbola, acrobalista, quirobalista, toxobalista y neurobalista a cualquier máquina que funcione por tensión, torsión o contrapesación. Y como todos estos aparatos eran desde el siglo IV a C. generalmente locomóviles, les corresponde con justicia el título general de carrobalistas. -... -Lo cierto es que el secreto que animaba a estos iguanodontes de la guerra se ha perdido. Nadie sabe cómo se templaba la madera, cómo se adobaban las cuerdas de esparto, de crin o de tripa, cómo funcionaba el sistema de contrapesos. -Siga usted con su anécdota, antes de que yo decida cambiar el asunto de mi tesis doctoral, y expulse a mis imaginarios oyentes de la sala de conferencias. -Nobílior, que era un hombre espectacular, quiso abrir el ataque con un gran disparo de balista... -Veo que tiene usted sus anécdotas perfectamente memorizadas. La repetición ha sido literal. -A usted, en cambio, le falla la memoria. Acabo de hacer una variante significativa. -¿De veras? -He dicho balista en vez de catapulta, para evitar una nueva interrupción por parte de usted. Veo que el tiro me ha salido por la culata. -Lo que yo quiero que salga, por donde sea, es el disparo de Nobílior. -No saldrá. -Qué, ¿no acabará usted de contarme su anécdota? -Sí, pero no hay disparo. Los habitantes de Segida se rindieron en el preciso instante en que la balista, plegadas todas sus palancas, retorcidas las cuerdas elásticas y colmadas las plataformas de contrapeso, se aprestaba a lanzarles un bloque de granito. Hicieron señales desde las murallas, enviaron mensajeros y pactaron. Se les perdonó la vida, paro a condición de que evacuaran la ciudad para que Nobílior se diera el imperial capricho de incendiarla. -¿Y la balista? -Se estropeó por completo. Todos se olvidaron de ella, incluso los artilleros, ante el regocijo de tan módica victoria. Mientras los habitantes de Segida firmaban su derrota, las cuerdas se rompieron, estallaron los arcos de madera, y el brazo poderoso que debía lanzar la descomunal pedrada, quedó en tierra exánime, desgajado, soltando el canto de su puño... -¿Cómo así? -¿Pero no sabe usted acaso que una catapulta que no dispara inmediatamente se echa a perder? Si no le enseñó esto el profesor Burns, permítame que dude mucho de su competencia. Pero volvamos a Segida. Nobílior recibió además mil ochocientas libras de plata como rescate de la gente principal, que inmediatamente hizo moneda para conjurar el inminente motín de los soldados sin paga. Se conservan algunas de esas monedas. Mañana podrá usted verlas en el Museo de Numancia. -¿No podría usted conseguirme una de ellas como recuerdo? -No me haga reír. El único particular que posee monedas de la época es el profesor Adolfo Schulten, que se pasó la vida escarbando en los escombros de Numancia, levantando planos, adivinando bajo los surcos del sembrado la huella de los emplazamientos militares. Lo que sí puedo conseguirle es una tarjeta postal con el anverso y reverso de la susodicha moneda. -Sigamos adelante. .-Nobílior supo sacarle mucho partido a la toma de Segida, y las monedas que acuñó llevan por un lado su perfil, y por el otro la silueta de una balista y esta palabra: Segisa. -¿Y por qué Segisa y no Segida? -Averígüelo usted. Una errata del que hizo los cuños. Esas monedas sonaron muchísimo en Roma. Y todavía más, la fama de la balista. Los talleres del imperio no se daban abasto para satisfacer las demandas de los jefes militares, que pedían catapultas por docenas, y cada vez más grandes. Y mientras más complicadas, mejor. -Pero dígame algo positivo. Según usted, ¿a qué se debe la diferencia de los nombres si se alude siempre al mismo aparato? -Tal vez se trata de diferencias de tamaño, tal vez se debe al tipo de proyectiles que los artilleros tenían a la mano. Vea usted, las litóbolas o petrarias, como su nombre lo indica, bueno, pues arrojan piedras. Piedras de todos tamaños. Los comentaristas van desde las veinte o treinta libras hasta los ocho o doce quintales. Las políbolas, parece que también arrojaban piedras, pero en forma de metralla, esto es, nubes de guijarros. Las doríbolas enviaban, etimológicamente, dardos enormes, pero también haces de flechas. Y las neurobalistas, pues vaya usted a saberlo... barriles con mixtos incendiarios, haces de leña ardiendo, cadáveres y grandes sacos de inmundicias para hacer más grueso el aire inficionado que respiraban los felices sitiados. En fin, yo sé de una balista que arrojaba grajos. -¿Grajos? -Déjeme contarle otra anécdota. -Veo que me he equivocado de arqueólogo y de guía. -Por favor, es muy bonita. Casi poética. Seré breve. Se lo prometo. -Cuente usted y vámonos. El sol cae ya sobre Numancia. -Un cuerpo de artillería abandonó una noche la balista más grande de su legión sobre una eminencia del terreno que resguardaba la aldehuela de Bures, en la ruta de Centóbriga. Como usted comprende, me remonto otra vez al siglo II a. C., pero sin salirme de la región. A la mañana siguiente, los habitantes de Bures, un centenar de pastores inocentes, se encontraron frente a aquella amenaza que había brotado del suelo. No sabían nada de catapultas, pero husmearon el peligro. Se encerraron a piedra y cal en sus cabañas, durante tres días. Como no podían seguir así indefinidamente, echaron suertes para saber quién iría en la mañana siguiente a inspeccionar el misterioso armatoste. Tocó la suerte a un jovenzuelo tímido y apocado, que se dio por condenado a muerte. La población pasó la noche despidiéndolo y dándole fortaleza, pero el muchacho temblaba de miedo. Antes de salir el sol en la mañana invernal, la balista debió de tener un tenebroso aspecto de patíbulo. -¿Volvió con vida el jovenzuelo? -No. Cayó muerto al pie de la balista, bajo una descarga de grajos que habían pernoctado sobre la máquina de guerra y que se fueron volando asustados... -¡ Santo Dios! Una balista que rinde la ciudad de Segida sin arrojar un solo disparo. Otra que mata un pastorcillo con un puñado de volátiles. ¿Esto es lo que yo voy a contar en Minnesota? -Diga usted que las catapultas se empleaban para la guerra de nervios. Añada que todo el Imperio Romano no era más que eso, una enorme máquina de guerra complicada y estorbosa, llena de palancas antagónicas, que se quitaban fuerza unas a otras. Discúlpese usted diciendo que fue un arma de la decadencia. -¿Tendré éxito con eso? -Describa usted con amplitud el fatal apogeo de las balistas. Sea pintoresco. Cuente que el oficio de magíster llegó a ser en las ciudades romanas sumamente peligroso. Los chicos de la escuela infligían a sus maestros verdaderas lapidaciones, atacándolos con aparatos de bolsillo que eran una derivación infantil de las manubalistas guerreras. -¿Tendré éxito con eso? -Sea imponente. Hable con detalle acerca de la formación de un tren legionario. Deténgase a considerar sus dos mil carruajes y bestias de carga, las municiones, utensilios de fortificación y de asedio. Hable de los innumerables mozos y esclavos; critique el auge de comerciantes y cantineros, haga hincapié en las prostitutas. La corrupción moral, el peculado y el venéreo ofrecerán a usted sus generosos temas. Describa también el gran horno portátil de piedra hasta las ruedas, debido al talento del ingeniero Cayo Licinio Lícito, que iba cociendo el pan por el camino, a razón de mil piezas por kilómetro. -¡Qué portento! -Tome usted en cuenta que el horno pesaba dieciocho toneladas, y que no hacía más de tres kilómetros diarios... -¡Qué atrocidad! -Sea pertinaz. Hable sin cesar de las grandes concentraciones de balistas. Sea generoso en las cifras, yo le proporciono las fuentes. Diga que en tiempos de Demetrio Poliorcetes llegaron a acumularse ochocientas máquinas contra una sola ciudad. El ejército romano, incapaz de evolucionar, sufría retardos desastrosos, topado entre el denso maderamen de sus agobiantes máquinas guerreras. -¿Tendré éxito con eso? -Concluya usted diciendo que la balista era un arma psicológica, una idea de fuerza, una metáfora aplastante. -¿Tendré éxito con eso? (En este momento el arqueólogo vio en el suelo una piedra que le pareció muy apropiada para poner punto final a su enseñanza. Era un guijarro basáltico, grueso y redondeado, de unos veinte kilos de peso. Desenterrándolo con grandes muestras de entusiasmo, lo puso en brazos del alumno.) -¡Tiene usted suerte! Quería llevarse una moneda de recuerdo, y he aquí lo que el destino le ofrece. -¿Pero qué es esto? -Un valioso proyectil de la época romana, disparado sin duda alguna por una de esas máquinas que tanto le preocupan. (El estudiante recibió el regalo, un tanto confuso.) -¿Pero... está usted seguro? -Llévese esta piedra a Minnesota, y póngala sobre su mesa de conferenciante. Causará una fuerte impresión en el auditorio. -¿Usted cree? -Yo mismo le obsequiaré una documentación en regla, para que las autoridades le permitan sacarla de España. -¿Pero está usted seguro de que esta piedra es un proyectil romano? (La voz del arqueólogo tuvo un exasperado acento sombrío.) -Tan seguro estoy de que lo es, que si usted, en vez de venir ahora, anticipa unos dos mil años su viaje a Numancia, esta piedra, disparada por uno de los artilleros de Escipión, le habría aplastado la cabeza. (Ante aquella respuesta contundente, el estudiante de Minnesota se quedó pensativo, y estrechó afectuosamente la piedra contra su pecho. Soltando por un momento uno de sus brazos, se pasó la mano por la frente, como queriendo borrar, de una vez por todas, el fantasma de la balística romana.) El sol se había puesto ya sobre el árido paisaje numantino. En el cauce seco del Merdancho brillaba una nostalgia de río. Los serafines del Ángelus volaban a lo lejos, sobre invisibles aldeas. Y maestro y discípulo se quedaron inmóviles, eternizados por un instantáneo recogimiento, como dos bloques erráticos bajo el crepúsculo grisáceo.
7/8/2008 Seis poemas (del libro "Marcha de los Desocupados"). E. Dalter
BOCA DE LOBO (Avellaneda, verano, 2002)
Quieren cruzar el puente y no los dejan, piden pan no les dan, quieren saber de qué se trata, y les mandan la gendarmería.
Quieren avanzar, y les apagan todas las luces a la redonda, quieren reclamar por todo lo que rifaron, y les mandan la gendarmería.
Quieren respirar, subsistir con sus hijos y les convirtieron en galpones y ruina todas las fábricas.
Quieren entender cuánto es nada y cuánto la penumbra que no termina, quieren subir la calle, y les mandan la gendarmería.
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PAISAJE
Vacío, desecho y más vacío; tango sin madre; agua grumosa, agua negra; ojos dados vuelta, en la sombra; pisadas, una sobre otra, hacia la zanja; vacío y más vacío, bolsas de nailon y neblina empozada adonde mires.
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MIENTRAS TANTO (El riesgo político)
a Ernesto, en San Cristóbal
El riesgo político en este país es salir hambriento tras un gato y no poder cazarlo. El riesgo, el riesgo, es mirar un caballo a los ojos y no animarte, por tristeza, a hundirle el filo de un solo mortal viento hasta su alma, y que la tristeza, sientas, es más escabrosa que la muerte y sus leyendas griegas o romanas. El riesgo, el riesgo, son 100 niños diarios, que se van, se van en tules de indolencia o en un dolor desierto; algunos con sus rasgos contraídos, algunos en sueños, sueños, y algunos mirándote desde lo más hondo o callado de vos mismo. Lo demás, amigo, es este respirar, este exhalar sobre el borde quemante, y la noche desencajada que nos toca.
mayo, 2002
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DÍAS INTERMINABLES (Memoria de Teresa Rodríguez)
Aquellos días interminables no fueron tan en vano ni desprendidos de la grande argamasa que ya se iba moldeando bajo los vientos más graves e ïmplacables. Algún día, creo, se dirá que el corte de la historia comenzó con un corte de rutas olvidadas, con neumáticos y trapos envolviendo todo en humo denso, y que la hermandad y el abrazo fueron el gran motor contra el robo, el hambre y la muerte de un pueblo cercado y trizado por uno de los imperios más ciegos y criminales de los tiempos.
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MARCHA DE LOS DESOCUPADOS
Esta tristeza va por agua, por arroz, por piso y contrapiso. Esta tristeza va por manos, va por brazos, y tiene fervor, sudor, y tiene historia. Nadie grita en vano, nadie piensa en vano ni nadie vive la noche ciega en vano. Esta tristeza tiene bocas, tiene pozos hirvientes y horas vacías, rincones vacíos, como fábricas vacías. Esta tristeza va con sus banderas, escritas y levantadas en la marcha por mil brazos que se suman, se suman, se suman. Por eso esta marcha es inocente, por eso esta marcha es peligrosa, por eso esta marcha deja marcas hondas y sentidas, desde las suelas, desde la sangre, desde el alma, y desnuda a represores, testaferros, caretas y hambreadores. Nada más cierto que esta marcha, nada más ardiente que esta marcha, nada más indetenible que esta marcha que la vida contra la muerte va empujando desde tu hambre, desde mi hambre, por tu pan/ mi pan, para encontrarse en cualquier abrazo, canto o lluvia del camino.
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CARTA ABIERTA A MAXI KOSTEKI asesinado por la represión en Avellaneda
Nos toca hoy decirle a la gente humilde y desolada del país que vos fuiste el joven poeta que en una avanzada contra el hambre y el frío, en la lejana calle 104, hizo un horno y que el dorado pan, aún sin entibiar, iba pronto a las bocas y a las lenguas como un beso ardoroso y libertario. Además de tus poemas, sueños y pájaros y manos, que habrán de llegar a los jóvenes que sienten que la vida, el abrazo son posibles, vos fuiste, tan temprano, el que tomó la poesía por las astas e hizo un horno, con ladrillos, aguas y un tambor de aceite, para dejarnos tu aliento, tus huellas del corazón, en esta travesía íntima y de todos bajo el invierno más crudo y la desdicha.
_______________________________________ Poema-mural expuesto en Puente Avellaneda el 26 de julio durante la jornada de repudio a la represión, al cumplirse un mes del asesinato de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki.
Fuente Pimienta negra
7/7/2008 El gran secreto de Cristóbal Colón por LUIS LÓPEZ NIEVESUna flama negra danza sobre el agua El 11 de octubre de 1492, a las nueve de la noche, Cristóbal se encaramó al mástil principal de la Santa María, envolvió el brazo derecho en una soga gruesa para no perder el balance, y clavó la vista en el horizonte umbroso. Aunque no había luna llena, el recuerdo del tenaz sol de la tarde aún flotaba en el aire y le permitía ver las apacibles olas de la mar. Allí permaneció cuarenta y cinco minutos, sin apenas mover la cabeza ni cerrar los ojos. Algunos tripulantes levantaban la vista recelosa de vez en cuando, pero no estaban seguros de si meditaba, oraba o examinaba una y otra vez, como era su costumbre, el mismo punto del horizonte inacabable. Al abrir la puerta del camarote se encontró de frente con los marineros de las tres naos. Cuando vieron al nuevo almirante, envuelto en lana negra y con botas relucientes, se hincaron de rodillas: algunos lloraban de alegría, otros llevaban en los rostros el bochorno del amotinado arrepentido. El almirante don Cristóbal Colón los miró sin decir palabra. A las nueve de la mañana las tripulaciones de las tres naves se habían bañado en la playa cristalina y descansaban sobre la arena blanca. El almirante de la Mar Océano hablaba con sus capitanes bajo la sombra de un árbol extraño, cuyo fruto olía a perfume y tenía forma de corazón. De pronto, cinco indios desnudos salieron de la arboleda. Cuatro eran jóvenes y robustos; el quinto, mucho más viejo, caminaba con la ayuda de un palo. Los jóvenes traían papagayos, hilo de algodón en ovillos y azagayas. Al ver a estas criaturas que irrumpían de repente en la playa, los marineros se alarmaron y corrieron a buscar sus espadas. Don Cristóbal Colón se acercó con prisa, ordenó la calma entre sus hombres y luego caminó lentamente hasta los indios asombrados. Cuando se detuvo frente a ellos los jóvenes lo miraron con extrañeza, pero el viejo, apoyándose del brazo de uno de los muchachos, se puso de rodillas con mucho trabajo. Luego bajó la cabeza en señal de respeto y le dijo a don Cristóbal Colón en voz baja, en una lengua que ningún español pudo comprender: 7/6/2008 La muerte por Enrique Anderson Imbert
La automovilista (negro el vestido, negro el pelo, negros los ojos pero con la cara tan pálida que a pesar del mediodía parecía que en su tez se hubiese detenido un relámpago) la automovilista vio en el camino a una muchacha que hacía señas para que parara. Paró. -¿Me llevas? Hasta el pueblo no más -dijo la muchacha. -Sube -dijo la automovilista. Y el auto arrancó a toda velocidad por el camino que bordeaba la montaña. -Muchas gracias -dijo la muchacha con un gracioso mohín- pero ¿no tienes miedo de levantar por el camino a personas desconocidas? Podrían hacerte daño. ¡Esto está tan desierto! -No, no tengo miedo. -¿Y si levantaras a alguien que te atraca? -No tengo miedo. -¿Y si te matan? -No tengo miedo. -¿No? Permíteme presentarme -dijo entonces la muchacha, que tenía los ojos grandes, límpidos, imaginativos y enseguida, conteniendo la risa, fingió una voz cavernosa-. Soy la Muerte, la M-u-e-r-t-e. La automovilista sonrió misteriosamente. En la próxima curva el auto se desbarrancó. La muchacha quedó muerta entre las piedras. La automovilista siguió a pie y al llegar a un cactus desapareció.
7/3/2008 El muerto inolvidable OSVALDO SORIANO
Se llama Mereco mi muerto inolvidable. Para mí su viejo Ford nunca termina de desbarrancarse de una quebrada puntana, bajo una suave garúa que no amaina ni siquiera cuando vamos con mi padre rumbo a su velorio. ¿Cómo puede ser que Mereco esté muerto si hace cuarenta años que yo lo llevo en mí, flaco y alto como un farol de la plaza.? Cuando mi padre se descuida me acerco al ataúd que está más alto que mi cabeza y un comedido me levanta para que lo vea ahí, orondo, machucado y con la corbata planchada. La novia entra, llora un rato y se va, inclinada sobre otra mujer más vieja. Hay tipos que le fuman en la cara, toman copas y otro que entra al living repartiendo pésames prepotentes y se desmaya en los brazos de la madre. Después vinieron otros muertos considerables, pero ninguno como él. Recuerdo a un colorado que me convidaba pochoclo en el colegio y lo agarró un camión a la salida. También a un insider de los Infantiles Evita que nunca largaba la pelota y se quedó pegado a un cable de la luz. Pero aquellos muertos no eran drama porque nosotros, los otros, nunca nos íbamos a morir. Al menos eso me dijo mi padre mientras caminábamos por la vereda, a lo largo de la acequia, cubiertos por un paraguas deshilachado. Casi nunca llovía en aquel desierto pero en esos días de comienzos del peronismo se levantó el chorrillero, empezó a lloviznar y Mereco no pudo dominar el furioso descapotable negro en el que yo aprendí a manejar. Por mi culpa mi padre estaba resentido con él y sólo de verlo muerto podía perdonarle aquel día en que lo llevaron preso. Salimos del velorio por un corredor y cruzamos un terreno baldío para llegar al depósito de la comisaría. El Ford A estaba en la puerta, aplastado como una chapita de cerveza. Mi padre iba consolando a otra novia que tenía el finado y ya no se acordaba de mí. Pegado a la pared para que no me viera el vigilante, me acerqué al amasijo de fierros y alcancé a ver el volante de madera lustrada. Seguía reluciente y entero entre las chapas aplastadas. También estaba intacta la plaqueta del tablero con el velocímetro y el medidor de nafta. Marcaba en millas, me acuerdo, y cuando íbamos a ver a su otra novia, Mereco lo levantaba a sesenta o más por el camino de tierra. Nadie sabía nada. Mi padre creía que yo me quedaba en la escuela y la novia de Mereco estaba convencida de que íbamos a buscar a mi padre qué controlaba el agua en las piletas del regimiento. Entonces llegábamos a un caserío viejo que el coronel Manuel Dorrego había tomado y defendido no sé cuántas veces y Mereco me dejaba solo con el Ford A debajo de una higuera frondosa. Ésa era mi fiesta en los días en qué Mereco no estaba muerto y el Ford seguía intacto. Me sentaba en su asiento, estiraba las piernas hasta tocar los pedales y el que iba a mi lado era Fangio anunciándome curvas y terraplenes. Mereco no es un muerto triste. Tiene como veinticinco años y todavía lo veo así ahora que yo tengo el doble y he recorrido más rutas que él. Antes del incidente que lo enemistó con mi viejo, solía venir a casa a tomar mate y dar consejos. "Hágame caso, doble siempre golpeando el volante, don José", le decía a mi padre como si mi padre tuviera un coche con el que doblar. "En el culebreo suelte el volante hasta que se acomode solo", insistía. "Es un farabute", comentaba mi viejo mientras lo miraba alejarse con el parabrisas bajo y las antiparras puestas. Nunca tuvieron un mango ni Mereco ni mi padre. Por las tardes, a la salida de la escuela, yo corría hasta la juguetería para mirar un avión en la vidriera. Era un bimotor de lata con el escudo argentino pintado en las alas. Mi madre me había dicho que nunca podría comprármelo, que no alcanzaba el sueldo de Obras Sanitarias y que por eso mi padre iba a cortar entradas al cine. Al menos podíamos ver todas las películas que queríamos. Pero en casi todas mostraban aviones y yo no me consolaba con recortarlos de las láminas del Billiken. Una tarde entré a robarlo. Por la única foto que me queda de ese tiempo supongo que llevaría guardapolvo tableado, un echarpe de San Lorenzo y la cartera en la que pensaba esconder el avión. En el negocio había un par de mujeres mirando muñecas y el dueño me relojeó enseguida. Era un pelado del Partido Conservador que recién se había hecho peronista y tenía en la pared una foto del general a caballo. Busqué con la mirada por los estantes mientras las mujeres se iban y de pronto me quedé a solas con el tipo. Ahí me di cuenta de que estaba perdido. No había robado nada pero igual me sentía un ladrón. Me puse colorado y las piernas me temblaban de miedo. El pelado dio la vuelta al mostrador y me dio una cachetada sonora, justiciera. Nos quedamos en silencio, como esperando que el sol se oscureciera. ¿Qué hacer si ya no podía robarle el juguete? ¿Cómo esconder aquella humillación? Me volví y salí corriendo. Mi viejo estaba esperándome en la esquina con la bicicleta de la repartición. Tenía el pucho entre los labios y sonrió al verme llegar. "¿Qué te pasa?", me preguntó mientras yo subía al caño de la bici. Le contesté que me había retado la maestra, pero no me creyó. "¿No me querés decir nada, no?", dijo y yo asentí. Hicimos el camino a casa callados, corridos por el viento. Una tarde, mientras iba en el Ford con Mereco, no pude aguantarme y le conté. Se levantó las antiparras y como único comentario me guiñó un ojo. Dos o tres días más tarde vino a casa con el plano de un nuevo carburador que quería ponerle al coche. Traía una botella de tinto y el avión envuelto en una bolsa de papel. "Lo encontré tirado en la plaza", me dijo y cambió de conversación. Mi padre se olió algo raro y a cada rato levantaba la vista del plano para vigilarnos las miradas. No sé por qué tuve miedo de que el pelado viniera a tocar el timbre y me abofeteara de nuevo. Pero el pelado no vino y Mereco desapareció por un tiempo. Fue por esos días cuando a mi padre lo comisionaron para hacer una inspección en Villa Mercedes y me llevó con él en el micro. Un pariente del gobernador tenía una instalación clandestina para regar una quinta de duraznos, o algo así. Recuerdo que no bien llegamos el jefe del distrito le dijo a mi padre que no se metiera porque lo iban a correr a tiros. "¡Pero si la gente no tiene agua para tomar, cómo no me voy a meter!", contestó mi viejo y volvimos a la pensión. No me acuerdo de qué me habló esa noche a solas en el comedor de los viajantes, pero creo que evocaba sus días del Otto Krause y a una mujer que había perdido durante la revolución del año 30. Todo aquello me vuelve ahora envuelto en sombras. Nebulosos me parecen el subcomisario y el vigilante que vinieron a la mañana a quitarme el avión y a echarnos de Villa Mercedes antes de que mi padre pudiera hacer la inspección. Tenían un pedido de captura en San Luis y nos empujaron de mala manera hasta la terminal donde esperaba un policía de uniforme flamante. Hicimos el viaje de regreso en el último asiento custodiados por el vigilante y la gente nos miraba feo. En la terminal mi padre me preguntó por lo bajo si yo era cómplice de Mereco. Le dije que sí pero me ordenó que no dijera nada, que no nombrara a nadie. No era la primera vez que nos llevaban a una comisaría y mi padre se defendió bastante bien. Negó que yo hubiera robado el avión y responsabilizó al comisario de interferir la acción de otro agente del Estado en cumplimiento del deber. Era hábil con los discursos mi viejo. Enseguida sacaba a relucir a los próceres que todavía estaban frescos y si seguía la resistencia también lo sacaba al General que tanto detestaba. A mí me llevaron a casa, donde encontré a mi madre llorando. Al rato Mereco cayó en el Ford y nos dijo que lo acompañáramos, que iba a entregarse. Cuando llegamos, mi padre ya se había confesado culpable y en la guardia se armó una trifulca bárbara porque Mereco también quería ser el ladrón y mi viejo gritaba que a él sólo le asistía el derecho de robar un juguete para su hijo. Como ninguno de los dos tenía plata para pagarlo, mi avión fue a parar a un cajón lleno de cachiporras y cartucheras. Al amanecer llegó el jefe de Obras Sanitarias y nos largaron a todos. Mi padre se negó a subir al descapotable de Mereco y le dijo que si aparecía otra vez por casa le iba a romper la cara. Fue la última vez que lo vimos antes del velorio. Se calzó las antiparras, saludó con un brazo en alto y ahí va todavía, a noventa y capota baja, subiendo la quebrada con aquel Ford en el que hace tanto tiempo yo aprendí a manejar.
7/1/2008 Manifiesto Los Parados FelicesManifiesto Los Parados Felices
Lectura pública a tres voces, sobre tumbonas y adornada con diapositivas, ofrecida por primera vez el 14 de agosto de 1996 en el «Mercado de los Esclavos» del Prater (Berlín-este) ante una asamblea mitad entusiasta, mitad dubitativa. Título original alemán: Die Glücklichen Arbeitslosen. Versión castellana (a partir de las traducciones en inglés, francés y portugués): Round Desk.
Y tú, ¿qué haces en la vida? Lo que sigue va contra los principios hasta hoy válidos de los Parados Felices, a quienes no les gusta empezar por la teoría. Prefieren de lejos la propaganda por medio de los hechos, los malos hechos y sobre todo los no-hechos. Por otra parte, la búsqueda en el ámbito del paro feliz no ha desembocado aún en resultados decisivos y susceptibles de ser presentados aquí. Sin embargo, son necesarias algunas explicaciones, porque el rumor, que ya ha asegurado a los Parados Felices una especie de secreta notoriedad, no está exento de malentendidos. Y esto sobre puntos de importancia, como la felicidad y también el paro. Desde el momento en que se habla de felicidad, la cosa se convierte inmediatamente en sospechosa. La felicidad es irresponsable. La felicidad es burguesa. La felicidad es antialemana. Y además, ¿cómo se puede ser feliz ante la miseria, la violencia y ante unos bollos que cuestan cada vez más caros y que no son más que unas insípidas bolas rellenas de aire? Paul Watzlawick ya trató de esta clase de argumentos en su libro El arte de amargarnos la vida: «¿Y si fuéramos absolutamente inocentes del pecado original? ¿Si nadie pudiese reprocharnos el haber contribuido a él? No cabe ninguna duda de que en este caso somos unas víctimas inocentes y puras. ¿Quién se atreverá entonces a cuestionar mi condición de sacrificado? ¿Quién se atreverá incluso a pedirme que haga algo por remediar mi desdicha? Lo que me fue infligido por Dios, los cromosomas y las hormonas, la sociedad, los padres, la policía, los maestros y los médicos, los jefes y, peor que todo, los amigos, es tan injusto y provoca tanto dolor, que solamente insinuar que tal vez yo pudiera hacer algo al respecto es añadir el insulto al daño. ¡Sin contar con que tampoco es una actitud científica!» Para extendernos sobre este tema, sería necesario que nos hundiéramos en las profundidades de la psicología, de lo cual nos guardaremos bien. Pero aún se pueden encontrar otros argumentos contra la persecución de la felicidad. Se dice por ejemplo que el totalitarismo pretende hacer feliz a las personas contra su propia voluntad. Al respecto, los trabajadores y los demandantes de desgraciados empleos no tienen por qué preocuparse: los Parados Felices no tienen la intención de imponerles ninguna forma de felicidad, cualquiera que sea. Es cierto que la felicidad es un argumento de venta típico de toda clase de charlatanes que intentan colarnos su remedio milagroso. Pero los Parados Felices no tienen ningún remedio que vender. En el plano programático, consideramos la cuestión tal como Lautreámont la formuló en 1869: «Hasta hoy, se ha descrito la infelicidad para inspirar el terror y la piedad; yo describiré la felicidad para inspirar justamente lo contrario.» Y ahora vayamos al grano. El paro no es un problema –quizá sea una solución Todos sabemos que ya no se puede abolir el paro. Si la empresa funciona mal, se despide a los trabajadores. Si va bien, se invierte en automatización y se despide del mismo modo. Antes, la mano de obra era necesaria porque había trabajo. Ahora se necesita desesperadamente trabajo porque sobra mano de obra y nadie sabe qué hacer con ella, ya que las máquinas trabajan más deprisa, mejor y más barato. La automatización fue siempre un sueño de la humanidad. Hace 2.300 años, el Parado Feliz, Aristóteles, ya decía: «Si cada herramienta pudiese cumplir, por sí sola, su función; si, por ejemplo, la aguja del telar pudiese trabajar sola, el maestro no necesitaría de ningún ayudante y el amo de ningún esclavo.» Hoy ya se cumplió este sueño, pero en la forma de una pesadilla para todos, porque las relaciones sociales no cambiaron tan rápidamente como la tecnología. Sin embargo, este proceso no tiene retroceso, marcha atrás posible: los robots y las máquinas jamás serán sustituidos por trabajadores. Y, por otra parte, cuando se hace necesaria o se pretende una mayor ganancia, o plusvalía, el trabajo «humano» se desplaza hacia países donde la mano de obra es más barata, o se utilizan trabajadores inmigrantes muy mal pagados. Semejante espiral descendente sólo podría ser detenida por el restablecimiento de la esclavitud. Todo el mundo lo sabe, pero nadie lo puede decir. Desde la oficialidad –instituciones, para-instituciones y la propia víctima– se lanzan a la «lucha contra el paro», aunque, en realidad, luchan únicamente contra los parados. Para ello, falsifican las estadísticas, «ocupan» –en el sentido militar de la palabra– a los parados y ejercen controles sin fin para importunarlos. Y como estas medidas nunca acaban de convencer, entonces apelan a la moral y piden al parado que asuma que es él quien tiene la culpa de su situación, exigiéndole pruebas de la «búsqueda activa de trabajo». Todo para adecuar la realidad a la propaganda. Pero he aquí que llega el Parado Feliz y dice en voz alta lo que todo el mundo ya sabe. «Desempleo» es, desde luego, una mala palabra, un término con connotaciones negativas, la otra cara de la moneda del trabajo. Un desempleado no es más que un trabajador sin trabajo. Nada se dice acerca de esta misma persona como poeta, paseante, buscador, respirador. En público, sólo se puede hablar de falta de trabajo. Sólo en el ámbito privado, sin periodistas, sociólogos y otros espías presentes, podemos atrevernos a ser honestos: «¡Despedidme, hijos de puta! Por fin voy a tener tiempo para divertirme, ir a fiestas todas las noches y ya no tendré que comer deprisa los platos recalentados en el microondas y podré follar sin trabas.» ¿Debería superarse esta separación entre sabiduría privada y mentira pública? Se nos dice que no es el momento oportuno para criticar el trabajo, que sería una provocación, que venderíamos margaritas a los cerdos. Veinte años atrás, los trabajadores podían haber cuestionado su trabajo en general. Hoy, simplemente porque no están desocupados, tienen que fingir satisfacción. Y los desocupados tienen que decir que están insatisfechos por el solo hecho de que no tienen trabajo. Así se disuelve la crítica del trabajo. El Parado Feliz se ríe de semejante chantaje. Allí donde se perdió la ética del trabajo queda el miedo al paro como el mejor látigo para aumentar el servilismo. Un cierto Schmilinsky, consultor de empresas para la eliminación del absentismo, lo dijo de una manera perfectamente clara: «El dueño de una caballeriza establece qué caballos irán al campo y qué caballos irán al matadero. Las empresas que quieren sobrevivir en el mundo de los negocios de hoy tienen que ser igualmente despiadadas cada tanto. Demasiada amabilidad puede significar el fin de una compañía. Aconsejo a mis clientes que actúen con puño de hierro dentro de un guante de terciopelo. En nuestra época, los trabajadores observan a su alrededor y ven por todas partes cómo se eliminan puestos de trabajo. Ninguno tiene ganas de producir una mala impresión. Las empresas tienden a utilizar este sentimiento de inseguridad, a fin de reducir notablemente las horas que se pierden por el absentismo.» (Der Spiegel, 32/1996) En cambio, establecer un ambiente propicio para los Parados Felices ayudaría también a mejorar la situación de los que trabajan: su miedo a convertirse en parados disminuiría y el coraje para decir «no» podría expresarse más libremente. Quizá algún día la correlación de fuerzas volverá ser favorable a los trabajadores: «¿Qué? ¿Quieren controlarme durante mi baja por enfermedad? Si es así, prefiero unirme a los Parados Felices.» El trabajo es una cuestión de supervivencia. Nada ni nadie lo puede negar. Es lo que dice sobre el asunto Bob Black, en los Estados Unidos: «El trabajo es un crimen en serie, un genocidio. Directa o indirectamente, el trabajo matará a quien lea estas líneas. Según las estadísticas, en este país el trabajo mata entre 14 mil y 25 mil personas por año. Más de dos millones resultan mutiladas y entre 20 y 25 millones lesionadas. Y esto, sin contar a los 500 mil trabajadores que padecen enfermedades profesionales, ni los accidentes de tráfico yendo o viniendo del trabajo o, incluso, procurando no pensar en él... Sin contar tampoco a las víctimas de la contaminación, del alcoholismo o del consumo de drogas ligados al trabajo. Así, tendría que multiplicarse por seis el número de asesinados, simplemente para poder vender big-macs y cadillacs a los sobrevivientes.» El zapatero o el carpintero se enorgullecían de su arte. Y hasta no hace mucho los trabajadores de los astilleros se emocionaban al ver zarpar el barco que habían construido. Esta sensación de ser útil a la comunidad ya no existe en el 95% de los trabajos. El sector «servicios» sólo emplea peones intercambiables atados a sus ordenadores, que no tienen ninguna razón para sentirse orgullosos. El sector «perro guardián», con sus policías, guardas jurados y técnicos en sistemas de alarma, es prácticamente el único que continúa creciendo, aunque su utilidad social es bastante limitada: vigilar lo que, sin ellos, podría ser gratuito. Inclusive un médico funciona cada vez más como representante/vendedor de las grandes corporaciones de medicamentos, los laboratorios farmacéuticos. ¿Quién es el que, hoy en día, puede decir que se siente útil a los demás? La cuestión ya no es: para qué sirve esta cosa, sino: cuánto se puede ganar con ella. El único objetivo de la producción es aumentar las ganancias de la empresa. En consecuencia, la única relación del trabajador con su trabajo es su salario. El dinero es el problema El paro existe justamente porque el dinero es la verdadera finalidad y no la utilidad social. El pleno empleo es la crisis económica, el paro es la salud del mercado. ¿Qué sucede cuando una empresa anuncia una oleada de despidos? Los accionistas saltan de alegría, los especuladores de la Bolsa elogian su estrategia de saneamiento, las acciones suben y el próximo balance dará cuenta de los beneficios así obtenidos. De esta manera, se puede decir que los parados crean más ganancias que sus ex colegas. Sería lógico, pues, recompensarlos por su contribución sin igual al crecimiento. Por el contrario, el parado no recibe ni un pimiento de esta riqueza que creó. El Parado Feliz quiere ser retribuido por su no-trabajo. Podemos referirnos aquí a Kasimir Malévich, el valiente creador de «Cuadrado negro sobre fondo blanco». En 1921, escribió en un libro que no fue publicado en Rusia hasta hace dos años, La pereza, verdadero fin de la humanidad: «El dinero no es otra cosa que un pequeño fragmento de pereza. Cuanto más se tiene, tanto más se puede disfrutar de las delicias de ésta (...) El capitalismo organiza el trabajo de tal modo que el acceso a la pereza no es el mismo para todos. Sólo puede disfrutarla aquel que posee el capital. Así, la clase de los capitalistas se liberó de este trabajo del cual ahora toda la humanidad tiene que liberarse.» Si el parado es infeliz, no es porque no tenga trabajo, sino porque no tiene dinero. De esta forma, ya no deberíamos hablar de «búsqueda de empleo», sino de «búsqueda de dinero», ni de «búsqueda activa de empleo», sino de «búsqueda activa de dinero». Las cosas serán entonces más claras. Como veremos a continuación, el Parado Feliz pretende llenar esta carencia con la búsqueda de recursos oscuros. Calculad cuánto dinero destinan oficialmente «al paro» los contribuyentes y las empresas, y divididlo por el número de parados: entonces veríamos que el total representa mucho más que nuestros respectivos cheques mensuales. ¿No es verdad? Este dinero no es invertido principalmente para el bienestar de los parados, sino para su minucioso control mediante convocatorias sin objeto, supuestos programas de formación-inserción-perfeccionamiento que vienen de no se sabe dónde y que no llevan a ninguna parte, y seudo-trabajos por seudo-salarios, simplemente con el fin de bajar de manera artificial la tasa de paro. Simplemente, pues, para mantener la apariencia de una quimera económica. Nuestra primera propuesta es aplicable de inmediato: poner fin a todas las medidas de control contra los parados, cerrar todas las oficinas de control policial, de estadísticas y de propaganda (ésta sería nuestra contribución a la reducción de los gastos públicos), y distribución automática e incondicional de los subsidios engrosados a partir de las sumas ahorradas de este modo. El nuevo delirio conservador reprocha a los parados regodearse en la asistencia, vivir a costa del Estado, y patatín y patatán. Vale, pero como sabemos muy bien, el Estado todavía existe y además cobra impuestos. Por eso no vemos ninguna razón por la cual deberíamos renunciar a su apoyo. Pero no estamos obsesionados con el Estado. No tenemos ningún inconveniente en que la financiación provenga del sector privado, sea bajo la forma del sponsoring, de la adopción, de un impuesto sobre las ganancias del capital, o aun del chantaje. No tenemos ninguna preferencia. Si el parado es también infeliz, es porque el trabajo es el único valor social que conoce. Ya que no teniendo nada que hacer, se odia a sí mismo. Ya no tiene contactos, porque el trabajo es con frecuencia la única posibilidad de relacionarse. Lo mismo vale para los jubilados. Pero la causa de esta miseria existencial es el trabajo y no el paro en sí mismo. Incluso cuando no haga nada en especial, el Parado Feliz crea nuevos valores sociales. Entabla relaciones con un montón de personas simpáticas. Incluso se declara dispuesto a impartir cursos de resocialización para trabajadores despedidos. Ello es así porque todos los parados disponen de una cosa que no tiene ningún precio: tiempo. A esto lo podríamos llamar una suerte histórica: la posibilidad de vivir una vida plena de sentido, de alegría y de razón. Se puede definir nuestro objetivo como una reconquista del tiempo. Somos entonces de todo menos inactivos, mientras que a la «población activa» lo único que le queda es obedecer pasivamente los designios y las órdenes de sus superiores jerárquicos. Y es porque somos activos por lo que no tenemos tiempo para trabajar. |